Nacho y Martina se conocieron en 2011, en el interior de Salvador, Brasil, mientras trabajaban como voluntarios cuidando a niños que habían vivido en situación de calle, o cuyas familias no se encontraban en condiciones para criarlos. Durante los meses de trabajo juntos compartieron pocas palabras, pero muchas actividades y experiencias que los unirían.
Una vez finalizado el voluntariado Martina emprendió la vuelta a su país, Croacia, y Nacho regresó a Argentina. Un año después de haberse separado, él, enamorado, decidió ir a buscarla a su tierra natal.

Unidos una vez más, ahora en Croacia, comenzaron una intensa búsqueda para encontrar trabajo. Finalmente decidieron trabajar de forma gratuita para un depósito que seleccionaba y revendía ropa. Recibían, diariamente, unos 10.000 kg de prendas.

Desde su infancia Nacho había tenido un vínculo especial con la ropa usada, heredando ropa de hermanos, y compartiendo prendas con amigos, algo común en la comunidad de deportes de montaña en la que creció. A medida que pasaban los días en el depósito tanto él como Martina comenzaron a vislumbrar características inherentes a la industria textil, ocultas para la mayoría de la gente.

Durante estos días Nacho pudo conocer todas las áreas, desde la recolección de los contenedores de la calle, hasta el transporte de la mercadería al depósito donde se realizaba la selección, y el traslado de estas prendas seleccionadas a los locales de venta, que semanalmente renovaban la totalidad de sus colecciones. Su imaginación ya empezaba a dar unos primeros saltos, a la vez que su consciencia sobre la industria textil y sus fallas estructurales se ampliaba, pero Mir no era todavía más que una amorfa mezcla de sensaciones e intenciones.

Cierto día, esperando el envío cotidiano de prenda, se vieron sorprendidos. Lo que recibieron aquella vez fueron dos camiones completos, con 20 toneladas de ropa cada uno. 40.000 kg de prendas usadas que volverían a circular, ¡que volverían a nacer!

Al volver a la Argentina encontraron una palpable diferencia cultural: lo “usado” se ignora, o peor, está mal visto, las marcas no encuentran dónde canalizar sus remanentes, y quienes emprenden en diseño no tienen un espacio donde dar a conocer sus propuestas originales.

Se propusieron conectar a los protagonistas, llevar el excedente de calidad a consumidores responsables e interesados, y conscientes de sus gastos, y así convertir la obsolescencia percibida en utilidad prolongada, transformando día a día la cultura de lo descartable para reducir nuestro impacto mediambiental.

Detrás de todo esto, su corazón sigue guiado por sus experiencias en Brasil con las personas más vulnerables y con un objetivo claro: regenerar dignidad, en las personas, en las comunidades, y con la tierra.